jueves, 7 de febrero de 2008

Todo hay que decirlo.


En cuanto se nos era concedido un rato para descansar
nos sentábamos en círculo, en el suelo.
Nos mirábamos las manos.
Los pequeños cortes, las rozaduras, los anillos, la manicura francesa, las uñas cortas, y limpias.
Cada uno de los surcos de nuestras preciadas manos.


Y el dueño de la sombra más apartada del grupo

seguía

seguía

seguía aprendiendo a comer y a escribir

con los pies.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

adrián, lo he leído tropecientas mil veces más una, y...

me cuesta admitirlo pero me siento idiota... es que creo que no lo entiendo...

me lo explicas?

un besito muy grande, qrido.

lu.

en tierra de nadie dijo...

Te encuentro aquí, por sorpresa.

Y me alegra la radicalidad de tus poemas sociales. Tus yoes se multiplican en distintos espacios y cada uno te completa. Eres uno, pero distinto. Todos y ninguno. Geometría poliédrica del mismo yo.

He leido los tres, y me gustan en orden inverso (este el que más, luego "Dogma" y luego el de los yonkis).

Este me encanta. Dejemos de mirarnos las manos y aprendamos a usar los pies.

La pregunta: ¿Tiene recompensa ser diferente? o ¿ser diferente es la recompensa?

Te seguiré aquí también, mientras quieras.

bss

ETDN